Muy lejanos están los recuerdos de aquellos sonidos tan peculiares que tenia mi ciudad. El golpe de una botella de vidrio con una moneda, nos anunciaba que el lechero ya se encontraba en nuestra calle distribuyendo la leche fresca; el señor repartidor dejaba tan agradable producto en la puerta de cada vivienda y, aunque parezca mentira cuando uno decidía recogerla, con toda seguridad la encontraba en la puerta, eso era respeto.Ya algunas marcas presentaban el producto en bolsa, otras,en cajas de cartón con pico bebible ya que el envase de vidrio dejaba de ser representativo.
Recordaran aun el sonido de la armónica muy desafinada que automáticamente hacia que las personas salieran con cuchillo en mano para que le den a esos instrumentos de corte el mayor filo posible.Siempre el señor afilador con el pie en el pedal hacia girar esa piedra áspera encargada de realizar su labor, un pedazo de papel era la prueba final para demostrar la calidad del trabajo realizado y así cobrar su servicio.
También recuerdo el sonido de la cornetilla que muchas veces nos generaba confusión....., podría ser el panadero o el heladero, pero el cometido era el mismo, alertar a sus clientes para que, desde sus casas pudieran escuchar. También recuerdo vagamente el sonido del organillero que con su pequeño mono, te traía la suerte en un pequeño papelillo de color. Finalmente recuerdo el sonido estridente del vehículo recolector de la basura, hacia salir con el tacho de desperdicios para alcanzarlo.
Los años pasaron y las formas sencillas de comunicación que con sonidos te acercaban para brindar algunos servicios fueron cambiando. Hoy dejar la leche en la puerta sería una locura porque de seguro, te quedarías sin desayunar. En las calles todavía podemos encontrar personas ofreciendo algún producto, pero ya no existen los sonidos de ayer, solo se valen de gritos callejeros porque la venta es más improvisada, el día determinará, qué ofrecer .
J.V.J
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