Hoy es uno de esos días en los que deseo profundizar mi reflexión sobre la Navidad. Intento encontrar respuestas y comprender las dinámicas que observo específicamente durante el mes de diciembre. Alguna vez pensé que esta celebración podía estar cerca de lo que deseaba, una fiesta de paz y de armonía en las familias; sin embargo como dice la canción, acabada la fiesta el rico vuelve a su riqueza, el pobre a su pobreza y el cura a su iglesia, conviviendo entre sensaciones mediáticas que llamamos felicidad, que es lo envuelve la fiesta navideña. Si algo me agrada de la Navidad es el entusiasmo que recuperan las personas y las diferentes formas de manifestarlo. La esperanza y el buen dialogo aparecen esos días como un requisito fundamental para seguir caminando, pero llega enero y nada cambió; las personas siguen siendo las mismas. Simplemente, la sociedad actual no te deja tiempo; acumulamos obligaciones que reducen momentos necesarios para disfrutar con la familia y encontramos en la Navidad esa oportunidad de liberarnos de tensiones durante todo el año.
Cerremos los ojos por un momento y dejemos correr la imaginación. De repente, nos encontramos en algún lugar desconocido. Si nos preguntáramos, concluiríamos que no es cuestión de la época ni de sentimientos. Algunos dirían que vivimos tiempos de comunicaciones y de las luchas personales, donde lo simple pasa a ser mediocre y la felicidad, inalcanzable. Sin embargo creo que nuestro corazón desea amar, mientras nuestro cerebro solo preguntarse porque no lo hacemos. Es una lucha permanente definir qué deseamos y lo que sentimos y entender que el éxito o la felicidad parecen lo mismo pero no lo es; una se alcanza con el corazón y la otra con la cabeza, y la Navidad es el placer de estar juntos, el decir te amo o ese abrazo fraterno, porque hay una sola forma de vivir que lo resumo en desprendimiento, libertad y búsqueda permanente de la felicidad; el resto solo son pretextos para encubrir la verdad y justificar la tristeza.J.V.J